Carta al caprichoso

Crónicas

Querido amigo seguramente eres el único que no se ha dado cuenta del garrafal daño que te haces a ti mismo guardando esperanzas, te ingenias la manera de crear historias cuyo desenlace es incongruente con las desfavorable  probabilidades que el recorrido de este ultimo año nos ha dejado.

Sé que quizás tienes miedo, dejarte ir o quizás aún peor, dejar ir a aquello que alguna vez amamos incluso más que a nosotros mismo, que a nuestro bienestar y nuestra integridad.

Sé que esta decisión no fue de ambos, sé que esta vez no quise escucharte ni tampoco reparé en como tú afrontarías las consecuencia de la misma. Tú serás el último en perder la venda de los ojos, pero te prometo que de todos tú eras el que más sufría. No soportaba ver cómo constantemente excusabas sus acciones y te exigías sobrehumanamente complacer; no toleraba la manera en la que perdonaste cosas que  alguna vez nos juramos que no permitiríamos. Quiero que recuerdes cómo vivíamos en la constante agonía de hacer las cosas bien, contemplando cada una de las posibles áreas de error, nos agotaba demasiado fingir que no nos afectaba la carencia de reciprocidad o la sobre exigencia al abandono a nuestros deseos.

Definitivamente pocos son los esfuerzos de tal disciplina que hemos hecho y es verdaderamente decepcionante para ambos sentir que todo fracasó, pero quiero que entiendas que hicimos lo mejor que pudimos en cada momento y no podemos arrepentirnos de las pocas ocasiones en las que nos dimos a respetar; tampoco podemos permitir a la imaginación pensar que hubiera pasado si hubiéramos abandonado la poca esencia que nos quedaba. Quiero que grabes algo en tu mente: cuando las expectativas no están alienadas no hay nada que se pueda hacer, y yo decidí dejar de aparentar que tú y yo no teníamos ninguna.

Todo este tiempo te apoye y me sometí a respetar tu perpetua decisión de amar con el tácito dolor que implicaba, siempre sonreí en las situaciones fuera de nuestra moral, callaba mis argumentos frente a los maltratos, tomaba con mucha seriedad cada una de las nuevas restricciones que se formulaban cada día en la manera en que íbamos a amar, algunas veces lo abracé con cierta hipocresía al verte desangrado por alguna palabra, sequé con vergüenza las lágrimas que tu necedad provocaba, y además, y te defendí celosamente  de los dedos que señalaban tus malas decisiones. Pero ahora te digo: ya no puedo apoyarte más.

Necesito que prometámonos no entregar todo la próxima vez, recordemos dejar algo para nosotros, conozcamos bien a quien le damos nuestros tesoros más secretos y cerciorémonos que sepa guardarlos y apreciarlos con el mismo sigilo que lo haríamos nosotros. Incrementemos nuestras barreras y compliquemos los desafíos del camino que llega hasta nosotros; pero sobre todo jurémonos protegernos el uno al otro desde el principio, si es que decidimos volvernos a arriesgaren el macabro juego del amor.

Por todo esto te ruego que abandones los fragmentos de cariño que sostienes con tanta fuerza entre tus manos, borra de tu memoria las caricias que tanto te hacen llorar, despójate de todos aquellos deseos de volver a intentar recorrer el camino donde desfallecimos y sobre todas las cosas arranca de raíz la diminuta esperanza que guardas enterrada bajo tus pies. Él no regresará por nosotros, no existe entre todas las nuestras alguna lágrima que moje y conmueva su orgullo…Esto es lo que él siempre quiso… Y de no poder prometerme esto que te pido y seguir adelante tendré que hacerlo sin ti… Y al igual que a él… Darte por muerto para siempre.

Atte. La razón.

 

Óscar Cuellar